lunes, 21 de febrero de 2011

Filosofía en bicicleta


La primera brevet de la temporada es el reencuentro con la estimulante sensación del "directo", el recuerdo de lo que fueron temporadas pasadas y el volver a sentirse ciclista, en la modalidad que más me apasiona en estos últimos tiempos, que es la larga distancia. Haber finalizado otras brevets en el pasado no es un punto despreciable, pues te da la confianza para saber que no se trata de un sueño irrealizable, que el reto es factible y que el único límite está en tu cabeza, o a lo sumo, en la suerte, ya que nunca estamos exentos de alguna avería o lesión que nos impida completar nuestro objetivo. En condiciones normales, sé que puedo hacerlo, pero no conviene menospreciar el reto si no quiero fracasar.


En esta ocasión, con menos entrenamiento del que llevaba el año pasado a estas alturas, se presenta la dificultad añadida de tener que estar en casa pronto, a causa de ciertos compromisos familiares. Salimos a las 8 h. Si quiero cumplir, debo llegar a casa antes de las 18 h. Tengo 10 horas para hacer los 200 kms, sellar en los controles, llegar a meta y desplazarme a casa. Pensando en un tiempo total de paradas en torno a una hora, tendré que hacer un promedio de 25 km/h. A estas alturas de la temporada tampoco está mal. Como las dificultades nunca vienen solas, una buena borrasca se ha situado en el centro de la península y está previsto que llueva durante todo el día. ¡Mierda!


Algunos miembros del selecto Pakefte (http://pakefte.blogspot.com)
En la salida hay unos 60 locos como yo. Parece mentira, lo masoquista que es la gente. Saludo brevemente a Benayas, uno de los habituales en estas pruebas, y a mis dos viejos compañeros del club Hortaleza, Paulino y Antonino, que casualmente han decidido participar en esto. Paulino dice que si va a llover todo el día ya no le apetece venir. Pero hombre, si estuvimos juntos en aquella marcha de los Lagos 2007, en que no dejó de llover. ¡Vamos, Paulino! Y él, que no, que no se sube a la bici para sufrir. Se vuelve a casa.


Antes de salir. Foto de José Manuel Guillamón
Salgo con serias dudas sobre el ritmo a seguir. Roberto y Eduardo, con sus bicis reclinadas, tienen la intención de hacer la ruta rápida, con el mismo plan que yo, pero no veo a nadie más en el Pakefte dispuesto a ello. No sé si son una compañía adecuada, ya que las bicicletas bajas no me taparán el viento, y en llano ruedan más que yo. Pero si me quedo con el grupo es seguro que no llegaré a tiempo. Tengo un plan alternativo, he mirado los horarios de los trenes que pueden tomarse en Aranjuez, San Martín o Ciempozuelos, y que en una hora pueden ponerme de vuelta en la capital. También podría tomar el metro en Arganda. Pero la retirada tendría un sabor amargo. Me apetece hacer la ruta completa. Poco antes de la salida comienza a llover débilmente. Parece que hoy no nos quitaremos el chubasquero.

En ruta. Foto de José Manuel Guillamón
En la primera rotonda derrapo dos veces. Estoy estrenando portabultos y transportín. Hoy no pesan demasiado, pero no estoy acostumbrado al cambio del centro de gravedad. Cojo miedo y bajo hasta Mejorada muy despacio. Roberto y Eduardo se van por delante. Me quedo a la cabeza del Pakefte con Buje. Rodamos bien pero el grupo va a su ritmo, sin prisas. A veces nos destacamos en cabeza, pero levantamos el pie y dejamos que el grupo se una. Todavía estoy tranquilo, hay tiempo por delante y pienso que puedo ir acompañado por el grupo hasta Aranjuez y ya apretaré después... aunque tengo dudas. Además, hemos salido de los primeros. Siempre podría engancharme a un grupo que ruede más, y dejarme llevar. En ese momento, zooooommmmm, pasan como motos los integrantes de un grupo de rodadores. Dios mío, esa no es mi rueda. Un par de minutos después el famoso Fran Vacas, con su casco aerodinámico, pasa a toda velocidad detrás del grupito. Mmmmm... tampoco es mi rueda. No sé...

De repente los de atrás se paran. Buje se percata y se detiene también. Al sentirme solo miro hacia atrás y veo que Buje se queda a esperarlos, pero parece que los del Pakefte no arrancan. Es el momento de la decisión. Si los espero, no llegaré a tiempo. Es el destino, está visto que hoy me toca cabalgada en solitario. Miro hacia delante y pongo el plato grande. Ya no los veré hasta dentro de varios fines de semana. Lástima que, con tanto tiempo perdido, es imposible alcanzar a Roberto y Eduardo. La lluvia arrecia y yo pedaleo solo. Aunque no estoy sobrado de forma, puedo mantener un ritmo vivo. El terreno es favorable. Procuro rodar rápido y al mismo tiempo guardar fuerzas. Hace un tiempo leí algo de psicología para ciclistas. Lo más importante es creer en uno mismo para ser capaz de alcanzar el reto. En los momentos de debilidad no hay que cebarse en pensamientos negativos. Hay que positivizarlos (o "positivarlos", no sé... esta palabra me recuerda mis tiempos de aprendizaje de fotografía, cuando había que revelar los rollos y "positivar" las "diapos", pufff, qué mayor me estoy haciendo...). En esas estoy cuando paso bajo un puente y me doy cuenta de que ahí no llueve, pero al salir de él vuelvo a mojarme. Normal. Ni me estaba dando cuenta de que llovía, pero al abandonar la cubierta protectora del puente para salir de nuevo a la intemperie, la lluvia molesta más. Sé que no viene al caso, pero a estas horas precisamente, mientras nosotros luchamos contra la inofensiva lluvia y contra nosotros mismos en la brevet madrileña, miles de personas están rebelándose contra gobiernos opresores en varios países no muy lejanos. Los recientes sucesos de Egipto, Túnel, Libia y otros países me conmueven. Al dejar el puente protector y sentirme de nuevo indefenso ante la lluvia no puedo evitar pensar en un paralelismo... qué pasaría si a nuestra sociedad acomodada le quitaran el "puente" de la democracia... cómo nos defenderíamos de la intemperie... un escalofrío recorre mi cuerpo y sigo pedaleando. Le doy demasiado al coco. Voy a concentrarme en el velocímetro... 35 km/h... voy bien.

Ah, sí, lo de "positivizar". Es que esto de pedalear en solitario sólo lleva a divagaciones sin sentido. Llevo 25 kms, me quedan 175 y la previsión meteorológica no puede ser peor. Pero hay que pensar otras cosas. Afortunadamente, no llueve mucho. Realmente, si no le presto atención, la lluvia casi pasa desapercibida. Podría ser peor. Podría hacer frío. Lo bueno de la lluvia es que suaviza la temperatura, y es el primer día del año que siento los dedos de los pies. Húmedos, pero los siento. Y los de las manos. El primer día que no se me quedan congelados a pesar de los guantes. El primer día de la temporada que no tengo que pasar ese doloroso suplicio del "despertar" de los dedos congelados, cuando sale el sol y calienta lo justo para que las venas vuelvan a permitir un mínimo flujo de sangre... Hoy no tengo esa sensación. Mis dedos no han perdido sensibilidad. Pienso... "se acerca la primavera, esto es vida!!!". Mi mujer tenía razón. Estoy loco. Debo de estar loco por estar disfrutando así, yo solo, surcando el valle del Jarama con mi frágil bicicleta... ¿frágil?... noooo.... ahora la veo inmensa, potente, poderosa, me imagino en el centro de una secuencia de cine, una cámara sobrevolando en círculos alrededor de mí, y yo devorando kilómetros....  Pedaleo con vigor, y al fondo me parece ver un destello parpadeante rojo. Parecen luces de bicicletas. Efectivamente. Son las reclinadas de Roberto y Eduardo. Voy a alcanzarlos. Es lo mejor que me puede pasar. Sin embargo, ellos no son mancos precisamente. Pasamos una zona de toboganes, en las subidas voy recortando la distancia pero en las bajadas vuelven a despegarse. Tardo más de cinco kilómetros en acercarme lo suficiente para que me vean. Voy a 180 pulsaciones. Tendré que parar si no quiero agotarme... pero ya parece que aflojan. Me han visto. Me esperan... Qué alegría. Se acaba la divagación sin sentido y comienza la brevet. Llevamos casi 40 kilómetros de ruta.

Estamos llegando a Aranjuez. El río Jarama desemboca en el Tajo, es impresionante, pero el día no está para sacar la cámara de fotos. Me estoy mojando mucho. Menos mal que tuve la precaución de forrar mi casco con film transparente. Al menos la cabeza está a salvo de la lluvia. No debe de quedar muy estético, pero es mejor que tener chorreones de agua por la frente. Nos alcanza un grupo numeroso con el que pedaleamos unos kilómetros, pero yo siento hambre y le pido a Roberto que paremos en Aranjuez. A él le parece bien, y Eduardo tampoco tienen ninguna pega. Nos damos cuenta de que ya no llueve tanto, pero en grupo te mojas más, porque te calan las ruedas de los que van delante. Comemos y seguimos. Pasamos por una tienda de bicis y Roberto me aconseja comprar una cámara. Buena idea. El dueño de la tienda sabe de qué va esto. Tiene una medalla de alguna brevet colgada en la pared y me da ánimos con algún comentario. Me ahorra el esfuerzo de quitarme los guantes empapados y me pone la cámara y la bolsa con mi dinero directamente en el bolsillo de mi maillot. ¡¡¡Gracias!!!

Mis fantásticos compañeros de escapada, Roberto y Eduardo
Ahora no llueve casi nada. La subida desde Aranjuez hasta Ciruelos me pareció más dura el año pasado. La hago con un chaval de Aranjuez que me cuenta que sólo lleva tres años cogiendo la bici, el año pasado hizo nueve horas en la Quebrantahuesos y este año va a intentar la medalla de oro, con siete horas y media. Y yo, orgulloso de mi plata obtenida en 2007 con algo más de 9 ho. Dios mío, no somos nadie.


En Huerta de Valdecarábanos, el punto más alejado de Madrid, realizamos el primer control. Nos cruzamos con Benayas, que ya sale del pueblo. Madre mía, ¡qué fuerte está! Y nos tomamos un café rápido, porque no es cosa de detenerse demasiado, que el tiempo apremia, aunque en realidad vamos bien. Apenas llueve y afrontamos el tramo más bonito de la ruta, la subida a Cabañas de Yepes. En este momento Eduardo se está quedando un poco atrás, parece que da algún síntoma de debilidad. Al mirar atrás lo veo pedalear sobre su reclinada, y justo detrás de él, un horizonte de colinas peladas con matorrales bajos, pero de intenso color verde mezclado con el marrón pálido de la tierra. Por encima, los infinitos tonos grisáceos del cielo en el día de hoy. Una estampa verdaderamente fantástica. Lástima no tener una cámara de fotos implantada directamente en la retina. La de fotos que no me perdería.


Lo bueno dura poco. Volvemos a la civilización y pasamos por Ocaña. La gente, como siempre, se vuelve para admirar los prodigios mecánicos que me acompañan. Soy completamente invisible para la gente, que no ha visto una bici reclinada en su vida. ¡¡Y mucho menos, dos juntas!!. Estamos llegando a Villarrubia de Santiago, donde se encuentra el segundo control. Estamos a punto de subirnos al autobús del viento en popa. En el horizonte algunas banderas ondean prometedoras y los aerogeneradores giran con fuerza. Muy buena noticia.

Aspecto patético, a mal tiempo buena cara.
En Villarrubia doy cuenta de mi plato de pasta. Es un poco tarde, no creo que me sirva para nada, sólo quedan 80 kilómetros, pero bueno, ya que lo he traído para estrenar el transportín, habrá que comérselo en algún momento. Llegan varios ciclistas, entre ellos Jorge, un antiguo compañero del Hortaleza, veterano y potentísimo, ha llegado a ganar alguna carrera internacional de veteranos. Dice que han tenido un percance con un sillín roto y no sé cuántas cosas más. Espero que tengan mejor día.

El descenso al Tajo también es super corto. No puede ser, lo recordaba más largo, y sin embargo, la subida de la ladera contraria es eterna. Vuelve a llover ligeramente. Roberto se va hacia delante. Eduardo y yo nos quedamos un poco atrás. El va mejor que antes y yo me estoy quedando sin fuelle. Son casi trescientos metros de subida en vertical. Al coronar, Roberto está esperando tranquilamente en el arcén y nos sonríe dándonos ánimos. Dice que ya está casi superado, que el terreno es favorable y tal... pero yo no termino de ver las bajadas por ningún sitio. Todo son toboganes y falsos llanos. Estoy empezando a sufrir. Pasamos Colmenar de Oreja y Chinchón bajo una suave lluvia, que a ratos se hace más intensa. Doy síntomas de debilidad. Es la primera ocasión de la temporada en que hago más de 130 kilómetros. Antes de llegar a Ciempozuelos ya voy haciendo la goma claramente. Debí haber comido algo de energía más rápida, un gel o algo...

En algún punto de esta carretera adelantamos a Jorge, que está parado junto a su compañero, con otra avería mecánica. Tienen el día negro.

La entrada a San Martín es penosa, voy arrastrándome en bici, dejándome llevar... y todavía quedan más de cuarenta kilómetros, con la subida final hasta Vicálvaro. Vamos bien de tiempo. Creo que tengo que recuperar energías. Entramos a un bar donde nos sellan los carnets. Me tomo un refresco, un trozo de bocadillo de tortilla compartido con Roberto, barrita y un gel (mis compañeros lo llaman "vomitona", pero me da cosa decirlo). Quizá es demasiado, pero es que tenía el estómago vacío. A nuestro lado en la barra del bar hay un señor de aspecto normal, que empieza a entablar conversación con nosotros. Bueno, más que conversación, monólogo. Articula bien las palabras, pero sus frases no tienen sentido, empieza a hacer una disertación inconexa sobre no se qué mezcla de política, religión y otras materias. La camarera se parte de risa ante mi cara de estupor. De repente el personaje se dirige a Roberto y le dice algo así como "Tú eres el capitán del equipo, ¿verdad?", en un momento de lucidez antológico. Efectivamente, en medio de la confusión, si algo está claro, es que Roberto es el capitán.

Camino de vuelta. Foto de José Manuel Guillamón
Vuelve a llover. A la salida de San Martín estoy bastante recuperado. Roberto se sorprende de cómo ruedo, pero la cosa dura poco. En cuanto llegan los primeros repechos, la carretera me pone en mi sitio. Vamos a llegar alrededor de las 17 h., cumpliendo todos los planes previstos. Esto tiene más pinta de éxito que de otra cosa, pero yo me siento totalmente machacado. La Poveda, Arganda, Velilla, Mejorada.... vamos descontando kilómetros.   ¡¡¡Vicálvaro, 11 kms, mira Eduardo!!! ¿Por dónde subimos? Yo prefiero rodear por el Cristo de Rivas, que tiene menos pendiente y menos tráfico, pero Roberto dice que por la carretera principal es más recto y más rápido. Vuelvo a hacer la goma... Como me quedo atrás decido que seguiré por donde ellos tiren, y veo que giran hacia el Cristo de Rivas. Menos mal que Eduardo tampoco va muy sobrado, o bien es muy generoso para que no me sienta mal. El caso es que subimos juntos hasta la Cañada Real Galiana y así entramos en Vicálvaro. Esto ya está!!

Punto final. Prueba superada.
Mi GPS lleva programada la ruta para hacerla en el tiempo que tenía previsto. Esta función se llama "compañero virtual" y permite saber en todo momento si estamos cumpliendo con la previsión o no. Lo consulto y me dice que llevamos 200 metros de adelanto. ¡¡Roberto, vamos a darnos prisa, que podemos ganarle al GPS!! Aceleramos un poco, pero yo vuelvo a quedarme a cierta distancia. En una de las últimas bifurcaciones, Roberto se va a la izquierda... ¡¡Roberto, que no es por ahí, que es por la derecha!! pero no tengo fuerzas para gritar y tampoco estoy muy seguro del camino porque no conozco muy bien este barrio. Hemos tomado el mismo camino de la salida. Tras subir unos 500 metros nos damos cuenta de que esa ruta es dirección prohibida, no tiene salida.  ¡¡Joder, joder, que nos gana el compañero virtual!!  No puede ser, hay que girar a la derecha pero un enorme muro lo impide. Tenemos que dar un rodeo...  


Y mi bici quedó así
Empieza a arreciar la lluvia y nos internamos en el barrio de Vicálvaro por una serie de calles viejas y empedradas. No tenemos ni idea. Mi GPS hace la señal sonora indicando que el compañero virtual acaba de terminar la ruta. ¡¡Mierda, nos ha ganado!!

Varios zigzagueos más tarde, algunas rotondas y más semáforos, llegamos a la plaza de la Vicalvarada y sellamos nuestros carnets de ruta en el bar La Escopeta. Son las 17:30 h. Después de todo no ha estado tan mal. Han sido 200 kilómetros a unos 26 km/h de media, y aproximadamente una hora y media sumando todas las paradas.

Desde luego, si no es por la compañía y la gran ayuda de Eduardo y Roberto, no lo habría conseguido. ¡¡MUCHAS GRACIAS, COMPAÑEROS!!.

EPÍLOGO.

La brevet de Vicálvaro ha sido muy esclarecedora para mí. El año pasado no sabía por qué había empezado a aficionarme a esto de las brevets y el ciclismo randonneur. Este año ya lo sé. Sigo sin saber explicarlo, pero lo he sentido... y si alguien ha llegado leyendo hasta aquí, sólo espero que pueda intuir algo, ya que los sentimientos son difíciles de compartir y comprender. 


Quienes participan en marchas cicloturistas al uso (yo mismo lo hago en muchas ocasiones) no pueden entender esta otra forma de hacer ciclismo. Mis palabras les resultarán extrañas e incomprensibles. Lo que más se parece a una brevet es otra brevet, aunque todas son diferentes. Esta vez he sido disidente del seno del Pakefte para vivirlo de otra forma junto con mis dos compañeros, pero también añoro las brevets lentas con mi grupo, tampoco exentas de aventura, como las antológicas de 300 y 400 kilómetros de la temporada pasada. Seguro que haré más esta temporada, todas las que pueda...

-- 
Jose Antonio Jimenez
http://dessafio.org
Todos los hombres mueren; no todos los hombres viven.(William Wallace)

viernes, 18 de febrero de 2011

Comienzo de temporada

Han sido varios meses sin actualizar este blog, ya que mi actividad no ha estado tan dedicada al ciclismo como me hubiera gustado, pero comienza una temporada y es el momento de hacer mejores propósitos. De momento, mañana tengo mi primera prueba, la brevet de 200 kms organizada por el club Pueblo Nuevo, saliendo desde Vicálvaro hacia el Sur, principalmente por el valle del Jarama, con algunas subiditas que suman al final unos 1300 metros de desnivel acumulado.

Esta es la ruta que pensamos hacer:





El problema es que queremos hacerla en menos de 8 horas (tiempo neto de pedaleo) para llegar a Madrid a las 17 h... y además el tiempo previsto es totalmente lluvioso... 



...no sé... Ya contaré la semana que viene si lo conseguimos o no...

martes, 27 de julio de 2010

DESSAFIO NOCTURNO - 24 y 25 de Julio de 2010

Una jornada digna de recordar. Para muchos era la primera vez que se enfrentaban a una pedalada nocturna. Hubo algunas dudas a la hora de plantearse la ruta y algunos prefirieron adaptar el recorrido a sus necesidades, pero el plan original era terminar comiendo churros en Valdepeñas, y así lo hicimos.

Hubo que repartirse para conducir el coche escoba y fue una sabia decisión. Amablemente se prestó Domingo, de la Peña Ciclista Alcalaína, a hacer la primera parte. El coche fue aportado por Juan Leonardo, ciclista y propietario de Grúas Alcalá. No tenemos con qué agradecer la estupenda predisposición al sacrificio de Domi. Ya lo demostró en el Dessafio 2009 y sigue dando muestras de ello. GRACIAS COMPAÑERO!!

A partir de Frailes tomó el relevo en el coche un esforzado Remi, otro de los que nunca fallan cuando hablamos de generosidad, y desde Castillo se puso a los mandos Rubén, acompañado por mí mismo como copiloto, ya que no conocía muy bien el terreno. Vimos amanecer en la ladera de la Morenica, sobre las cascadas del río Grande, y seguimos al grupo de supervivientes intentando animarlos hasta coronar Chircales, donde ya se podía considerar que la prueba estaba superada.

Los churros estaban de lujo.

Y como más vale una imagen que mil palabras, paso a expresarlo en fotos:

- El descenso:


- Pequeño contratiempo


- Dos figuras. Infinitas gracias, Juan Leonardo!!

- Nunca hemos llegado así de frescos a la Sierra del Trigo


- Sin comentarios:


- En Frailes:


- Nacimiento del río San Juan:


- Amanece sobre el río Grande


- Alto de Chircales, el último escollo superado:


- La recompensa prometida:


Podéis ver todas las fotos en:
http://picasaweb.google.es/jj99211/20100725DessafioNoche#


Y, tachán... este es el vídeo:

-> Trailer de 100 segundos:



-> Versión completa del vídeo:



jueves, 15 de julio de 2010

La Pedriza, mi santuario particular

Aunque he hablado en muchos foros de lo que significa para mí la Pedriza, no tenía en este blog nada dedicado a ella. Quizá este sea el momento.

El domingo pasado subí a la Nava, en la base de la Cabeza de Hierro, desde Colmenar. Aunque salgo poco con la bici de montaña, mucho menos que con la de carretera, al menos una vez al año tengo la costumbre de subir a este, mi pequeño santuario, para respirar aire puro a casi 2000 metros de altitud.

He hecho muchas veces el circuito de las zetas de la Pedriza, subiendo por el Collado de los Pastores (que me parece el sentido natural de la marcha, aunque muchos hacen el contrario), pero nunca había subido desde Colmenar. Para esta ocasión utilicé un camino que me había proporcionado Mariano, otro de los buenos ciclistas que he conocido por internet, y que me permitía ir desde Colmenar hasta Manzanares por pistas de tierra.

Mi proyecto original es ir hasta la Pedriza desde Madrid, siguiendo la zona de pistas entre Madrid y Colmenar, cerca del curso del río Manzanares, pero eran demasiados kilómetros de exploración, lo que no garantizaba mi vuelta a casa antes de la hora de comer.

Una opción más conservadora era seguir todo el carril bici de la carretera de Colmenar, hasta el cruce con la de Soto. Plasmé esta alternativa en el track que puede verse en el siguiente enlace:

http://www.bikeroutetoaster.com/Course.aspx?course=152790


El sábado se comentó que las temperaturas subirían de forma importante el domingo. Estas típicas "olas de calor" que tenemos últimamente, y que de toda la vida hemos denominado simplemente "verano", llevan a los gobiernos y los medios de comunicación a lanzar mensajes alarmistas, llegando a "prohibir" realizar deportes al aire libre. No sé si era para tanto, pero lo cierto es que la excusa fue perfecta para terminar de reducir mi excursión, y al final me fui en coche hasta Colmenar.

Salí a las 8 de la mañana de la zona de los cuarteles, donde hay una vía de servicio en la que se puede aparcar muy bien, y me dirigí a la Pedriza.

A la entrada de la Pedriza, junto a la caseta de vigilantes, había quedado con mi amigo Rafa, con lo que celebramos una miniquedada de la sección madrileña de Ciclocubín.

No me canso de disfrutar y hablar de la Pedriza, el paraje más bonito de montaña en Madrid, donde nace el río Manzanares. En un lugar verdaderamente precioso, con rocas peculiares, que le dan una estética singular, frondosos pinares y verdes praderas donde las vacas pastan a sus anchas.

Esta vez, en lugar de la típica entrada hasta Canto Cochino, rodeamos la verja de acceso por la izquierda, tomando una pista de tierra para empalmar con la subida de las zetas. En total, desde Colmenar hice una ruta de unos nada despreciables 80 kilómetros de longitud.






El resultado de todo esto puede verse en estas fotos:
http://picasaweb.google.es/jj99211/20100711ColmenarPedriza#

Pondré algunas a continuación:

- Embalse de Santillana (Manzanares el Real)


- Las vacas, impasibles ante nuestra presencia, aguantando el tipo en la sombra


- Subiendo entre pinares


- Llegando al Collado de los Pastores


- El Collado de los Pastores, un punto emblemático con preciosas vistas






- ...Y el punto culminante de la ruta, a 1950 metros de altitud, una preciosa pradera conocida como "La Nava"




jueves, 1 de julio de 2010

Subida al Veleta, 26 de Junio de 2010. No hay quinta mala.


Subida al Veleta, 26 de Junio de 2010. No hay quinta mala.Subir en bicicleta hasta los 3000 metros de altitud es algo que siempre impone. Se mezclan sensaciones como el afán de superación, el espíritu de aventura, el reto de la naturaleza y el disfrute de sensaciones como las maravillosas vistas al valle o la brisa fresca y pura de montaña, que en verano es especialmente agradable.

Era mi quinta subida hasta el Pico Veleta en la prueba cicloturista del mismo nombre, además de un par de ascensiones por libre, que realicé hace años. Esta prueba, aunque aparentemente corta, presenta un desnivel acumulado de 2300 metros (este año), similar al de otras cicloturistas de 150 kilómetros, pero ni un solo kilómetro de bajada. Todo es subir, un interminable puerto con pendientes que no llegan a ser excesivas, pero que no dan tregua a lo largo de 38 kilómetros, pasando del cálido valle del Genil hasta la sensación extrema de las cumbres más desabrigadas.

Este año la cima del Veleta presentaba tal cantidad de nieve acumulada que la Organización tuvo que prescindir de los dos últimos kilómetros. Aun así, para llegar a la zona donde se instaló la meta tuvimos que superar algunas zonas umbrías donde la nieve se acumulaba a ambos lados, que las máquinas quitanieves habían convertido en preciosos desfiladeros blancos.

En la salida nos encontramos un numeroso grupo de ciclistas de la Sierra Sur de Jaén. Acabábamos de entrar en el cajón de salida y nos estábamos haciendo unas fotos cuando pasó a nuestro lado Alejandro Valverde, invitado de honor a la prueba. Ni corto ni perezoso, mi amigo Jaime cogió a Alejandro por los hombros y lo puso a posar con nosotros para la foto. El pobre Alejandro, con su sonrisa permanente, no puso ni una objeción y se dejó arropar. Fue muy emocionante para nosotros contar con semejante compañero en la foto. Gracias, Alejandro!!

En la salida charlé un rato con Víctor, un ciclista madrileño que había viajado solo, por primera vez en su vida, para hacer esta marcha. Al final me encontré con él en un par de puntos más, y terminó comiendo con nosotros al final de la ruta.

Aunque conozco muy bien la subida, siempre le tengo mucho respeto al Veleta. En casi todas las ocasiones que he subido, he sufrido algún momento de bajón físico. Recuerdo la pájara que me afectó en 2008 entre los kilómetros 10 y 20... Aunque me recuperé después, perdí mucho tiempo con respecto a otras ediciones. Esta vez venía bien concienciado. Sabía que tenía que comer y beber espaciadamente y no estaba dispuesto a dejar pasar ningún avituallamiento, aunque las paradas debían ser cortas.

Desde el principio cogí mi propio ritmo, dejando pasar las ruedas de Jaime, Nono, Manolo Villegas y Paco Arjona, porque ellos tienen otro ritmo y me sacarían de punto. Adelanté a los ciclistas de montaña de El Ronquillo, capitaneados por Rafael Vizcaíno, uno de los héroes del Veleta, participante fijo desde hace un montón de ediciones, siempre luchando contra sí mismo. Sus crónicas son conocidas en el mundillo del Veleta, y en varias ocasiones le han dado un premio por su coraje, pero esa es otra historia. Mantuve un promedio de 11-12 kms/h durante los primeros 15 kilómetros de ascensión, acoplándome a diferentes grupos. La subida fue más o menos como siempre, con grupos de abnegados y abnegadas acompañantes apostados en las cunetas, animando al paso de sus familiares y amigos. El primer avituallamiento llegó muy rápido, me sorprendió porque me encontraba bastante bien. La verdad es que no había forzado nada, por mi propia decisión de subir al ritmo que me marcara mi cuerpo. Ni lento, ni rápido. Paré brevemente y seguí hacia arriba. En mi camino entablé fugaces conversaciones con compañeros circunstanciales de ruta, como un ciclista con una reclinada que tenía pinta de pesar una barbaridad.

Durante la subida fui adelantado en varias ocasiones por varios ciclistas que usaban bicicletas con apoyo eléctrico y se paraban al poco rato. Se ve que eran de una empresa que utilizaba la prueba como escaparate publicitario.

Esperaba el avituallamiento en las inmediaciones de Pradollano, pero este año no había. Parece que la Organización había suprimido este punto para reagrupar dos avituallamientos en uno, y lo había instalado en la zona de los albergues, a 2500 metros de altitud, justo antes de la barrera que da paso al parque natural. Este es el punto clave de la etapa. La verdadera dureza de la prueba se siente por encima de la barrera. El piso bacheado, la pendiente y la altitud comienzan a pesar de una manera tremenda.

Al cruzar la barrera me volvió a adelantar una de las bicicletas eléctricas, pero alguien de la Organización obligó al ciclista a darse la vuelta, porque tenía orde de "no dejar pasar ningún vehículo a motor". No tengo muy claro que se le pueda prohibir el paso a una bicicleta con batería y motor eléctrico en un parque natural. Al fin y al cabo, no es un motor de explosión, no hace ruido y no contamina. Realmente no lo entiendo, pero el ciclista no quiso crear polémica y acató las órdenes.

A partir de aquí ya sabía lo que quedaba, una interminable sucesión de curvas con asfalto deteriorado, enormes baches, socavones, grietas, grava... vamos, lo que sería una prueba de ciclocross, con la dificultad añadida de una pendiente que ahora se hacía cada vez más dura, con tramos al 13%. Pero el hecho de que hubieran eliminado los últimos dos kilómetros me hizo subir con bastante confianza. Me había alimentado bien y subí a un ritmo aceptable, aunque en algunas curvas veía que mi velocidad descendía hasta los 8 km/h. Pero las sensaciones no eran malas. Es, sencillamente, que mi estilo y mis capacidades no son las de un escalador. No hay que darle más vueltas. Subo lento. Es mi velocidad "crucero" y punto.

Los kilómetros pasaron deprisa, apenas tuve tiempo de fijarme en la ermita de la virgen de las Nieves, una construcción peculiar, de forma triangular, que siempre me llama la atención. Me sorprendió gratamente no encontrar viento al llegar a la arista de la montaña. Seguramente era la primera vez que podía ver el barranco sin la sensación de vértigo incrementada por las rachas de viento que siempre soplan por esos lares. Las cosas estaban saliendo demasiado bien, todo parecía muy fácil, no podía creérmelo.

Como siempre, adelanté a algunos ciclistas que sufrían calambres en ese punto, y a 3 kilómetros de la cumbre me adelantaron varios compañeros de mi comarca con bicicletas de montaña, bastante mejores escaladores que yo. No me preocupó, yo me sentía bien y ya estaba casi arriba. La entrada a meta fue mucho más cómoda que en ediciones anteriores, y cuando me entregaron el chubasquero de regalo tuve la sensación de haber hecho mucho menor esfuerzo. Como si me hubiera sabido a poco. El tiempo de 3h27m era mi mejor registro de mi vida, aunque si lo ponderamos con los dos kilómetros que faltaban, yo creo que hubiera marcado un tiempo total de 3h39, que no era tan bueno. De todas formas, esto era lo de menos, y en todo caso, más que aceptable para mis pretensiones actuales, con el entrenamiento que me permite un trabajo sedentario, la familia y los 40 años que cumpliré este verano.

Hacía bastante frío. El chubasquero me vino muy bien para bajar hasta la estación de Pradollano, donde la Organización había montado una fiesta con comida final más que aceptable. Me sorprendió por la cantidad y variedad de comida, mucho mejor que en ocasiones anteriores. En mi opinión, un sobresaliente para Mamut Sierra Nevada, la empresa que gestiona la prueba.

Me alegro mucho de haber cumplido otro año más con esta cita en Granada. Sin duda, el año próximo volveré.

martes, 11 de mayo de 2010

400 kilómetros en bici...


(este perfil no es exacto porque no refleja los cambios que hizo la organización en la ruta a última hora)

A la derecha, mi "máquina", preparada para la ocasión.
No pretendo dar ninguna justificación porque no la encuentro ni yo mismo. No puedo saber qué pasa por las cabezas de casi 30 personas que se dan cita a las 10 de la noche en un polideportivo para iniciar un reto completamente incomprensible para la mayoría de las personas sensatas. Ni siquiera sé muy bien qué es lo que me impulsó a mí a participar en ello, pero allí me encontré con otros seis compañeros del Pakefte, para afrontar la aventura.

Era mi primera brevet de 400 kms. Recientemente había participado en la de 300, que aunque es bastante dura, sigue estando dentro de los parámetros "normales", es decir, se sale temprano y se llega tarde, pero todo en el mismo día. En la de 400 lo normal es ocupar dos días. Para hacer 400 kms, salvo unos pocos privilegiados, la mayoría de ciclistas necesitamos alrededor de 20 horas de pedaleo continuado. Pero además necesitamos descansar de vez en cuando, comer, beber y desentumecer los músculos. En nuestro caso, ayer empleamos 19 horas de pedaleo aproximadamente  y 4 horas de paradas totales. Llegamos al polideportivo de Algete sobre las 21:15, dando así por terminada una aventura que se nos antojó muy dura, más que por la ruta en sí, por las condiciones climatológicas adversas y por el mal estado de muchas de las carreteras, especialmente la "carretera del éxtasis", con 15 kilómetros de asfalto infame entre toboganes que terminan en Sigüenza.

A la salida no hubo fotos, cada uno estaba concentrado en sí mismo y todos pensando en lo que se avecinaba, especialmente los que no habíamos pedaleado tantas horas seguidas de noche. Todos íbamos bien equipados, con mochilas o transportines, herramientas, luces de repuesto, ropa de todo tipo. El espectáculo al cruzar Algete y sumirnos en la oscuridad de la noche era impresionante. Un reguero de luciérnagas blancas y rojas desplegado por la carretera ante los ojos atónitos de los vehículos a motor que se cruzaban con nosotros o que nos adelantaban.

Los primeros kilómetros iban transcurriendo tranquilos, entre bromas e incertidumbres, pero el pelotón se mantuvo agrupado para nuestra propia protección. Teníamos marcada como referencia la primera parada en Cogolludo, en el kilómetro 68, donde llegamos sobre la 1 de la madrugada. Allí había una máquina de bebidas a la que siempre se puede recurrir a esas horas. La temperatura iba bajando y no convenía parar mucho. Reanudamos la marcha y nos acercábamos al embalse de Alcorlo. Una gran bajada hizo que nuestro grupeto se fraccionara. Eduardo se fue por delante. En la oscuridad de la noche se escuchaban ruidos de animales, sobre todo pájaros. Intuíamos que estábamos atravesando una zona muy bonita. En ese punto comprendí cómo los ciegos pueden disfrutar de sensaciones que los demás les creemos vetadas, como una obra de teatro. Nosotros, ciegos por la oscuridad de la noche, podíamos sentir el olor y el frescor del bosque. En estas estaba cuando me vi pedaleando en solitario, unos cientos de metros delante del grupo, completamente solo en la oscuridad, y me encantó la sensación. Decidí acelerar un poco para ir en busca de Eduardo. Veía sus luces en la distancia, a veces me acercaba mucho, y a veces la distancia se estiraba como una goma, a consecuencia de los diferentes toboganes. Cuando él iba subiendo, yo bajaba, y viceversa... pero en la oscuridad sólo se apreciaba una luz roja que se acercaba o alejaba. Eduardo no iba deprisa, de cuando en cuando se volvía hacia atrás, intrigado porque no le habíamos dado alcance desde la bajada. Cuando me encontré con él seguimos pedaleando rumbo a Atienza tranquilamente, sin prisa pero sin pausa.

Sobre las 2:30 empezó a llover ligeramente. No me gusta nada la lluvia, pero en medio de la noche me gusta aún menos. Afortunadamente, la cosa no era grave todavía. Cayeron algunos chubascos suaves y llegamos a Atienza poco antes de las 3:30. El castillo medieval iluminado le daba una apariencia fantástica a este bonito pueblo. Paramos en una fuente a la entrada, y aproveché para comer algo de pasta que llevaba preparada en un recipiente. Al poco tiempo llegó el resto del grupo y también el pelotón principal de los organizadores de la prueba, el club ciclista Pueblo Nuevo.

Hasta aquí había experimentado sensaciones positivas. El pedaleo nocturno me había encantado. Pero al salir de Atienza nos esperaba la épica. Muchos hablan de que los "ciclistas son de otra pasta" y cosas así. Yo no lo creo. Somos humanos y además nos gusta lo que hacemos. Tenemos un punto de masoquismo, pero en general disfrutamos de ir en bici. Hay días en que toca sufrir y se disfruta poco; aun así a la llegada se siente una gran satisfacción. Ayer era uno de los días en que tocaba sufrir. Los kilómetros que siguieron fueron pasando sin más. La carretera era infernal. Los tramos de subida eran desagradables porque estábamos pensando en coger la llanura soriana, pero los de bajada eran mucho peores porque teníamos que hacer un auténtico "eslálom" entre baches. Lo peor era la lluvia. Los chubascos cada vez eran más prolongados y más intensos. Josu pinchó en un punto indeterminado y paramos a cambiar la cámara bajo una débil lluvia. El horizonte empezaba a clarear cuando llegábamos a Berlanga de Duero, en el kilómetro 150, el final de este tramo terrible. Eran aproximadamente las 6 de la madrugada.

Nos quedaba más de una hora para llegar al primer control en Almazán. Afortunadamente la carretera era buena y llana, lo que facilitaba considerablemente el pedaleo, pero por desgracia los chubascos arreciaron, y nos pusimos completamente empapados en este tramo. No me gusta la lluvia (¿lo había dicho ya?), y aunque las previsiones meteorológicas ponían sol y nubes para el resto del día, el cielo no invitaba a ser optimista. Además, el viento comenzaría a soplar en contra desde este punto. Pasé un momento de frustración, decidido a abandonar ante la perspectiva de seguir mojándome el resto del día. Antonio me dijo que desayunara primero y decidiera después. Buje me comentó que había visto en internet los horarios de los trenes, y era factible volver a Madrid. Dejé a mis compañeros desayunando y me acerqué a la estación. Me informé sobre los horarios de los trenes de vuelta a Madrid. Eran las 7:30 y había un tren a las 9:18. Sin embargo, no estaba claro que admitiera transportar bicicletas. Me vi reflejado en los cristales de la estación y me pareció que no presentaba un aspecto tan dantesco como yo creía. Miré al cielo y vi un rayo de sol abriéndose paso a través de una nube, así que decidí continuar.
El amanecer camino de Sigüenza me reconcilió con el ciclismo. Volvimos a dialogar sobre muchas cosas, cada uno cogía su ritmo en las subidas y nos reagrupábamos en los llanos. El viento soplaba en contra  a ratos y me hacía tiritar porque todavía llevaba la ropa mojada. En la zona de los Altos de Barahona nos envolvía una desagradable niebla y Antonio no paraba de recitar "mañanita de niebla, tarde de paseo..." Trazamos un par de confusas apuestas sobre si llovería más durante la ruta o no. En Barahona paramos a repostar agua pero la fuente estaba seca. Kilómetro 210. Nos quedaban unos 40 kilómetros hasta Sigüenza, punto del siguiente control.

La "carretera del éxtasis" es terrible. Los motorizados pasan a toda velocidad sobre los baches y los ciclistas sufrimos un traqueteo insoportable. Hace años que esta carretera presenta ese aspecto incomprensible para una ciudad del interés turístico que tiene Sigüenza. A la llegada, el paso del tren por un paso a nivel con barrera nos hizo esperar un par de minutos. La parada en el bar del parque fue muy reparadora. Allí nos reagrupamos todos con Eduardo, que había llegado mucho antes, comimos bien y yo me cambié de camiseta, pues llevaba ropa seca en la alforja. Serían las 11:30 h. Quedaban unos 140 kilómetros de ruta y había que tomárselo como el comienzo de una etapa nueva, olvidando que llevábamos más de 12 horas pedaleando. Así me sentí.

El recorrido de vuelta era muy conocido para mí. El sol salió definitivamente entre las nubes y me ayudó a superar los malos ratos pasados durante la noche. Me encontré realmente bien en las siguientes subidas hasta Mirabueno, un punto clave en el recorrido porque se cruza la A-2 por un puente en dirección al peculiar pueblo de Las Inviernas, donde se encuentra una espectacular fuente de agua fresca. Parada obligatoria.

El valle del Tajuña se hizo mucho más duro que en la brevet de 300 kms del mes pasado. El viento venía en dirección contraria, frenando nuestro avance. Nos disgregamos por la carretera, intercalados con las unidades del club Pueblo Nuevo y algunos otros participantes en la Brevet, todos dispersos y cada uno a su ritmo. A las 15:45 estábamos en Brihuega, ya sólo nos quedaban 90 kilómetros de recorrido. Hicimos la última comida importante y nos reagrupamos de nuevo. Esta vez nos convencimos entre todos de que lo mejor, para afrontar el viento de cara, era pedalear en grupo haciendo relevos suaves, y así fuimos por el valle del Tajuña, bastante bien organizados, hasta encontrarnos con dos compañeros del Pakefte, Juan y Pilar, que no participaban en la prueba pero habían salido en dirección contraria para acompañarnos un rato. El encuentro con nuestros compañeros fue muy agradable. También hizo su aparición en algún punto Paloma, por si necesitábamos algo. Se había acercado en coche para ayudarnos y esperar a Eduardo.
Ya estábamos descontando kilómetros rumbo a Algete, pero el camino era sinuoso y todavía nos quedaban algunas peripecias por pasar.
En Armuña de Tajuña paramos brevemente. Pilar me ofreció una deliciosa guayaba, que según Juan me dio energías para subir el puerto del Pozo de Guadalajara. Lo cierto es que arranqué desde abajo con muchas ganas, me apeteció mucho subir a buena velocidad y se vino conmigo Javier. En las últimas curvas Javier me demostró que iba aún mejor que yo, pero me encontré francamente bien para llevar casi 350 kilómetros de pedaleo. De nuevo comenzó a llover. En la gasolinera de Pozo de Guadalajara esperamos al resto del grupo y prácticamente dimos por superada la brevet. Nos quedaban unos 40 kilómetros por un terreno más desagradable, con mucho tráfico urbano, obras, repechos...

Un grupo del club Pueblo Nuevo llegó en ese momento a la gasolinera, y nos dio por comentar entre nosotros que teníamos que llegar a Algete antes que ellos. Nada más salir de Pozo pinchó Josu, lo que nos hizo retrasarnos, pero todavía íbamos delante de ellos. Al cruzar Alcalá de Henares el cielo empezaba a oscurecerse por las nubes. Algunos encendimos las luces. La policía nos obligó a desviarnos por un camino de tierra debido a un accidente y obras en el camino principal. En los repechos hacia Cobeña pinchó Javier. A lo lejos, por una carretera paralela, alcanzamos a ver una fila de luciérnagas que avanzaba en nuestra misma dirección, pero por otra carretera. Eran los del Pueblo Nuevo. Javi reparó rápido el pinchazo y comenzamos nuestra contrarreloj por equipos. Mi GPS se quedó sin pilas a falta de 5 kilómetros y mi lámpara también se quedó sin batería en ese momento. Estaba claro que querían terminar. No era cuestión de ponerse a cambiar pilas en ese momento. Hicimos un último esfuerzo, en el que vi a Agus salir como una exhalación para culminar el último repecho y bajar triunfante hacia el polideportivo. Al final llegamos a Algete unos minutos por delante de los de Pueblo Nuevo, que eran totalmente ajenos a nuestras elucubraciones.

Después de estar casi 24 horas en la bici las sensaciones son contradictorias. Satisfacción por el reto conseguido, pero dudas sobre si merece la pena el sacrificio...

Los siete locos que terminamos esta etapa fuimos Eduardo, Antonio, Buje, Josu, Javier, Agustín y un servidor.
No hice muchas fotos, pero algunas sirven de testimonio pese a su mala calidad (las hice con el teléfono móvil).
Todas las fotos pueden verse aquí (gracias a Agustín que me ha prestado las dos en las que salgo yo):