domingo, 25 de marzo de 2012

Brevet de Algete 2012. De autobús en autobús.

Sábado 24 de Marzo de 2012. Para mí, la primera brevet de la temporada, ya que no pude estar en la de Vicálvaro, que se celebró hace un par de semanas. Como suele ocurrir en las de 200 kilómetros, todo tipo de ciclistas se dieron cita en el polideportivo de Algete a las 8:00 h. Al contrario que en las brevets de mayor distancia, la mayoría eran "carreristas", ciclistas bien equipados y uniformados, con atuendo deportivo, mientras que los clásicos randonneurs, con transportines o bolsas delanteras, luces y ropa más discreta, estaban en plena minoría.

A diferencia de los años anteriores, esta vez el recorrido de la brevet se hacía en sentido contrario a las agujas del reloj. A la postre, creo que este sentido resultó más duro que el anterior, pero la idea de pasar por el entorno industrial de Alcalá de Henares y la transitada carretera del Gurugú por la mañana, en lugar de la tarde, me pareció muy buena. La marcha resultó más segura, y la llegada a Algete mucho más tranquila. 

La alta afluencia obligó a los organizadores del club Pueblo Nuevo a separarnos para salir en grupos de 50 ciclistas. Eduardo y Roberto, con sus reclinadas, salieron conmigo entre los primeros. El resto del Pakefte no acudió a la cita. En vista del tipo de recorrido y de la compañía que tenía, ya veía que sólo tenía dos opciones: tratar de seguir el ritmo demasiado alto de las reclinadas, o pedalear solo la mayor parte de la ruta.

En Cobeña nos encontramos en la cabeza del grupo Roberto y yo. Al llegar a un semáforo en rojo, tal como solemos hacer, nos detuvimos. Los de atrás, sorprendidos, dejaron caer bromas de todo tipo. Desde luego, la situación era poco común para la mayoría, todo un grupo de ciclistas parado ante un semáforo, ese dispositivo que, por desgracia, parece invisible para muchos ciclistas urbanos y deportivos, como si las normas de tráfico se pudieran interpretar a nuestra conveniencia. Aunque entiendo que en determinados casos el hecho respetar los semáforos puede ocasionarnos molestias, e incluso a veces pueda llegar a ser peligroso para nosotros mismos, creo que los ciclistas no podemos actuar de forma arbitraria y debemos cumplir las normas para dar ejemplo al resto de conductores.

Me encontré con uno de los más famosos ciclistas del mundillo del ultrafondo, José María Benayas, con quien fui charlando un buen rato.

Al pasar Alcalá de Henares se formó un grupo muy numeroso, de más de 50 ciclistas, con el que subimos el Gurugú a un ritmo muy alto, demasiado para mí, que de tanto rodar en solitario últimamente, ya no estoy acostumbrado a las altas velocidades de las salidas de los clubes. A ratos estaba a punto de perder contacto con el grupo. Llegué al alto en las últimas posiciones. Dudé si quedarme atrás con los de las reclinadas, que en ese momento iban más lentos, pero sabía que no tendrían problemas en alcanzarnos, así que me dejé llevar. Me incorporé al grupo donde iban varios antiguos compañeros del club Hortaleza. Por detrás llegó Roberto.

En la zona de subida entre Santorcaz y Pozo de Guadalajara, donde los repechos se sucedían, el grupo se fue fragmentando por delante; cada vez rodaba con menos ciclistas alrededor, hasta que me di cuenta de que circulaba en solitario. De todas formas, el ritmo del grupo me había parecido muy alto, así que me tomé la bajada a Aranzueque con más tranquilidad. Ahí coincidí con otro par de ciclistas solitarios, con los que fui hablando algunos kilómetros. Uno de ellos resultó ser un randonneur muy experimentado y conocido en el mundillo, Manuel Morente. Al pasar Aranzueque volvimos a encontrarnos con los reclinados, Roberto y Eduardo. Así conformamos un grupito de cinco en el que predominaba la estética randonneur: dos bicicletas con bolsas delanteras y dos reclinadas, pero Roberto y Eduardo terminaron imponiendo su aerodinámica y se fueron por delante.

El valle del Tajuña, cuando se ha recorrido muchas veces en ambos sentidos, se hace bastante pesado y monótono. Me gusta más en sentido sur. Esta vez, de sur a norte, nos quedaba un buen puñado de kilómetros para rodar entre Armuña de Tajuña y Brihuega, con viento ligeramente favorable. La velocidad media fue subiendo poco a poco.

Nos adelantó el famoso Fran Vacas, que este año ha cambiado su bici aerodinámica por una reclinada; a corta distancia le seguía un grupo comandado por varios ciclistas del Bosch, bien organizados en relevos, con los que iba un antiguo compañero, José María Flores. Parece ser que se habían confundido y perdido bastante tiempo en Alcalá, junto con Fran Vacas, que por eso iba tan retrasado para lo que acostumbra. Este era un grupo bueno, hice el esfuerzo de incorporarme a cola y no me arrepentí. Al poco tiempo ya estaba rodando con ellos a gran velocidad, dejándome llevar. Alcanzamos a Roberto y Eduardo. El grupo fue creciendo en número; la velocidad media acumulada hasta ese momento se acercaba a los 30 km/h. Unos cien metros por delante rodaba Fran Vacas, a la misma velocidad que nosotros. Este era el "autobús" bueno para llegar a Brihuega, donde comenzaría la segunda fase de la prueba.

Brihuega, kilómetro 95. Paramos a sellar y comer algo en una terraza en el parque. Los reclinados se fueron por delante y yo comencé a pedalear en solitario en dirección a Jadraque. El viento empezaba a molestar un poco, sin el cobijo de un pelotón que me arropara. A lo lejos se veía la mancha roja del CC Moratalaz, un grupo muy bien organizado y solidario con los suyos. Me di cuenta de que podían ser buenos compañeros de viaje, así que me esforcé para acercarme a ellos y lo conseguí a la altura del puente sobre la A-2. Según llegué al grupo me vi metido en sus relevos, circulares y rápidos, que permitían avanzar con facilidad.







Con la subida a Miralrío el grupo se fue disgregando. Aproveché para hacer algunas fotos y subí a mi ritmo. Al llegar a Jadraque por la cara sur, el castillo no se divisa a lo lejos, sino que aparece después de coronar un collado. Al fondo, el valle del Henares, una vista preciosa ante mis ojos.




En Jadraque, km. 123, paré en una gasolinera para poner el último sello de control. Salí de Jadraque en solitario. Paré para hacer unas fotos del Henares y el grupo del Moratalaz se fue por delante. Venían unos kilómetros bastante pesados, de toboganes y subidas, con recodos en los que hacía acto de presencia el viento, que soplaba desde el Sur o Suroeste.



Los de Moratalaz iban por delante. Me mantenía a cierta distancia, rodando sin forzar, porque sabía que venía un terreno de subidas, donde el grupo era menos determinante. Al pasar Espinosa de Henares comencé a ganar altura rápidamente; de repente me gustó la vista de la ermita de Fuencemillán con su zona verde alrededor, así que me detuve a hacer unas fotos y comer algo. Esta ermita siempre me había llamado la atención cuando pasábamos por este punto en las anteriores brevets, que se hacían en sentido inverso, pero nunca me había detenido en ella, porque siempre nos pillaba cuesta abajo y a primera hora de la mañana, con pocas ganas de detenerse. En este caso, con una buena parte de la ruta ya realizada y en las horas centrales del día, el entorno invitaba a quedarse allí un rato.


Proseguí mi ruta, ya completamente en solitario, con la bonita bajada al río Sorbe, que llevaba poca agua, pero presentaba un color azul turquesa espectacular. Esta vez no me detuve a hacer fotos.

Al alcanzar la rotonda de Puebla de Beleña comenzaba la recta final de la prueba, pero el viento se incorporó definitivamente a la ruta, soplando desde el sur y resultando molesto a ratos. Yo había comido poco y empecé a notar que no pedaleaba con fluidez. Al desviarme hacia Villaseca de Uceda, en dirección sur, el viento se volvió mucho más molesto. Mi velocidad media comenzaba a bajar poco a poco. Me detuve en una fuente y llegaron varios ciclistas, entre ellos un ultrafondista típico, con dorsal de la París-Brest-París, y varios del Pueblo Nuevo. Salí en dirección a El Casar, mientras ellos se quedaron un rato más en Villaseca, pero salieron pronto y me alcanzaron rápidamente. Uno de los del Pueblo Nuevo tomó el mando y comenzó a rodar frenéticamente, llevándonos en volandas hasta El Casar. Era el tercer "autobús" de la jornada, y me ayudó a afrontar dignamente los últimos kilómetros. Sin embargo, ya iba bastante cansado y no pude aguantar el ritmo por mucho tiempo. Me quedé solo en el tramo final hacia Alalpardo. Mi GPS también decidió dimitir y se quedó sin batería. Con sensación de pesadez y cansancio llegué finalmente a Algete sobre las 16:30 h, con un tiempo neto de 7 horas y 52 minutos, más unos cuarenta minutos de paradas. La velocidad media de 26 km/h me pareció muy satisfactoria, pero un poco engañosa, por la gran diferencia en el ritmo de la primera parte de la prueba y el de la segunda. Desde luego, la compañía de un buen grupo es determinante en la velocidad media final, pero también me apetecía rodar en solitario y valerme por mí mismo, de cara a futuros retos.


Según mi GPS, salieron más de 2100 metros de desnivel acumulado en 207 kms.

Lo que sí eché mucho de menos fue la compañía de mis tradicionales amigos del Pakefte (http://pakefte.blogspot.com), que esta vez decidieron no participar en la brevet, supongo que muchos de ellos por la saturación de ultrafondo que vivieron el año pasado. Sólo se presentó Roberto, con quien las circunstancias del recorrido no me permitieron compartir muchos kilómetros.



viernes, 24 de febrero de 2012

El Ciclista, de Tim Krabbé

"Uno tiene poca conciencia encima de una bicicleta. Cuanto mayor es el esfuerzo que hace, menos conciencia tiene. Cualquier pensamiento incipiente se te antoja una verdad absoluta, cada suceso inesperado es algo que siempre has sabido aunque lo hubieras olvidado temporalmente. La frase machacona de alguna canción, una división que empiezas de cero una y otra vez, la furia magnificada que sientes contra alguien, bastan para llenar tus pensamientos."

¿Quién, que haya pedaleado en largos y solitarios entrenamientos en bicicleta, no comprende lo que quiere decir Krabbé en este párrafo? En el marco de una carrera ciclista de 137 kilómetros, en la que participan poco más de 50 ciclistas, Tim Krabbé nos deja profundizar en sus pensamientos y nos regala lúcidas reflexiones, cargadas de intensidad emocional, salpicadas de recuerdos y aprendizajes recibidos en diversos momentos de su vida. Los continuos saltos temporales y las anécdotas que salpican el libro lo convierten en una lectura ágil, divertida y genial por momentos. Con gran pragmatismo, el autor es capaz de interpretar los estereotipos del ciclismo, desmitificándolo y apartándose de la corriente idealizadora, que ve a los ciclistas como superhombres. En el seno del pelotón, como en la sociedad, se establecen reglas y conductas muy particulares, que el autor se permite analizar y cuestionar. Salen a relucir las pasiones y las miserias, incluso las del propio protagonista que, en un acto de impudor casi exhibicionista, nos revela con gran acidez. 

La sensación de perder la rueda del grupo, quedándose descolgado irremisiblemente mientras los rivales se alejan en la distancia, es como la de llegar al andén de la estación cuando el tren ya está en marcha... La locomotora se aleja silbando y a nuestro alrededor sólo queda el vacío: "Cuando un corredor de atletismo desfallece, su voluntad se encarga de que suceda después de cruzar la línea de meta. Así ha sido siempre desde la batalla de Maratón. El corredor de fondo tiene la ventaja de contar con una línea de meta que no va más lejos cuando él ya no puede más, mientras que yo, el ciclista, tenía que enfrentarme a una línea de meta que se aprovechaba de mi indefensión para escaparse. Por otra parte, yo tenía la ventaja de que me bastaba con seguir unido a mi conciencia por un hilillo para no caerme y seguir rodando".

Pero lejos de dejarse abatir por el pesimismo, el autor nos incita a rebelarnos, dando vía libre a nuestros impulsos por el mero placer de transgredir la lógica. En un deporte donde el conservadurismo triunfa, donde todos regulan, guardan fuerzas y disimulan para aprovecharse del trabajo de los demás, se produce un momento mágico. Varios ciclistas inician una fuga casi al comienzo de la carrera, con ataques que están inevitablemente condenados al fracaso. Son corredores sin ninguna posibilidad, que quieren aprovechar ese momento en que aún tienen fuerzas para obtener una efímera fama y que sus nombres sean pronunciados por alguien, antes de que su suicidio deportivo deje paso al protagonismo de los verdaderos líderes de la carrera: "Entonces sucede algo más descabellado aún. ¡Yo también ataco! Mi razón no tiene más remedio que ir a remolque, como un niño de diez años sobre un caballo desbocado. Me levanto del sillín y tras cinco pedaladas me pongo a toda velocidad, el oxígeno grita "¡Hurra!" hasta el último vaso sanguíneo de mi cuerpo, rebaso al pelotón , al primer corredor y salgo al espacio. A mi espalda gritan "¡oé, oé, oé!". Delante tengo a Sauveplane. Sin tocar el cambio, sobre la punta del sillín, el torso a unos diez grados del cuadro, lo alcanzo. Es como si no hubiese tenido tiempo de respirar siquiera. Dejo de pedalear para situarme justo detrás de su rueda y siento una risa tonta que estalla en los pulmones y en las pantorrillas."

El libro "El Ciclista", de Tim Krabbé, es una lectura más que recomendable.

Tim Krabbé es ciclista y ajedrecista porque el destino puso un tablero y una bicicleta en su camino, como podría haber sido cualquier otra cosa. Como nos dice él mismo: "Imagínense que Bahamontes hubiera nacido en Amsterdan. Quizá se habría dedicado a limpiar cristales". 

martes, 6 de diciembre de 2011

¿Y por qué dices que no puedes ir en bici al trabajo?

Para hacer algo es imprescindible querer hacerlo. Sin embargo, lo fácil es pensar en las dificultades que nos plantea nuestro objetivo, los escollos que encontraremos y las razones para decir "no". 

Que te cambien el centro de trabajo y te lo alejen a más de 30 kilómetros de casa no es plato de gusto. La primera impresión cuando te llega la noticia es de frustración, de desazón ante el gran cambio que se viene encima. Sobre todo cuando uno lleva casi quince años desplazándose al trabajo a pie. 

Aunque no lo parezca, en una gran ciudad como Madrid es posible este pequeño milagro; soy de los afortunados que siempre han podido moverse caminando, haciendo compatible el acompañar a mis hijas al colegio con un desplazamiento cotidiano de apenas 30 minutos hasta mi oficina. Y no sólo en mi actual empresa. También mis anteriores centros de trabajo (tres empresas antes de la actual) se encontraban a un radio de desplazamiento razonable, entre 15 y 40 minutos a pie. También iba en muchas ocasiones en bicicleta, con lo que el desplazamiento se quedaba en apenas diez minutos. 

Incluso para desplazamientos de este estilo hay personas que no saben hacerlos de otra forma que no sea en coche privado. Esta sociedad está montada sobre una serie de pilares que muy pocos se atreven a cuestionar; la preeminencia del coche privado y el derecho de cada cual a usarlo a su antojo es algo que jamás se discute. Más allá de consideraciones sociales en las que podría extenderme, como la valoración del daño que ocasionamos con nuestros coches en forma de contaminación, ruido y atascos, siempre me ha movido un interés mucho más egoísta, el simple objetivo de encontrarme bien conmigo mismo, y en ello, el desplazamiento cotidiano tiene una especial importancia. Hacer algún tipo de actividad física por la mañana, aunque sea simplemente caminar, es la mejor forma de sentir aire fresco, limpiar la mente y ordenar las ideas para comenzar el día, aparte de ser un innegable beneficio para nuestro bienestar físico. 

De repente, como decía, mi oficina pasó a estar en el otro extremo de la ciudad, casi a media provincia de distancia. A partir de una fecha concreta tendría que afrontar la nueva realidad, con un desplazamiento de más de 30 kilómetros, que nadie puede imaginar que pueda realizarse de otra forma que no sea el vehículo privado. 

Las expectativas, desde luego, no eran halagüeñas. Los primeros días desplazándome a las nuevas oficinas experimenté varias alternativas, ninguna de ellas plenamente satisfactoria, por la especial complejidad que suponía la ubicación de la empresa y la de mi vivienda:

 - En coche tenía que tomar la M-30 en un tramo de gran densidad hasta el túnel de Pío XII, para seguir por Sinesio Delgado y la A-6 (autopista de La Coruña). En total me llevaba unos 45 minutos de ida, y un gasto medio estimado de más de 6 euros diarios en combustible.

 - En Metro me suponía un largo trayecto de 40 minutos hasta la estación de Chamartín, más un tiempo de espera hasta la llegada de mi tren, seguido de un trayecto de 25 minutos en tren y finalmente una pequeña caminata desde la estación hasta mi empresa, unos 10 minutos a pie. En total, más de una hora y cuarto, con un coste de 5,40 euros diarios.

 - La opción de acercarme en autobús hasta Nuevos Ministerios para tomar allí el tren tampoco era muy atractiva, porque el trayecto por calles atascadas era aún más lento y variable, con el mismo coste económico que el Metro.

 - Pensar en hacer más de 30 kilómetros en bici, y otros tantos de vuelta, no parece razonable para ir a trabajar, por las circunstancias adicionales que supone, el hecho de llegar "sudado" al trabajo, etc... Desde el principio lo descarté.

 Vistas las alternativas que había, empecé a ir en coche al trabajo. Pero cada día me gusta menos conducir. La agresividad de los demás usuarios me agobia. La falta de respeto a los límites de velocidad, los súbitos cambios de carril, las prisas y la presión de algunos me hace sentirme torpe, por no hablar del riesgo cotidiano que todos asumimos como si fuera algo natural, pero que realmente no valoramos lo suficiente.

 Un día, animado por mis buenos amigos de Pedalibre, me planteé la opción de ir en bicicleta y tren de cercanías. De esta forma, el desplazamiento hasta la estación de tren se simplificaba mucho, evitando el metro o el autobús, y el trayecto desde la estación de tren hasta mi empresa era de apenas tres minutos cuesta abajo. En total, conseguí llegar a la oficina en 50 minutos (quizá 5 ó 10 minutos más que en coche), a un coste significativamente más bajo, de 1,30 euros por trayecto.


La experiencia fue gratificante. Hacía tiempo que no tenía tiempo de leer libros, y de repente volví a la lectura, motivado por el trayecto de tren, aunque fuera breve. Mis compañeros de trabajo me miraban con perplejidad. Alguien me llegó a decir aquello de "...claro, es que tú sí puedes, pero yo no..." y de repente se callaba al darse cuenta de que su vivienda estaba muy cerca de una de las estaciones de tren por las que yo pasaba, es decir, si él se decidiera por la misma opción, ¡¡tardaría la mitad que yo en desplazarse!! Pero es que la gente sólo ve lo que quiere ver.

Sin embargo, la verdadera motivación que rondaba mi cabeza desde hacía tiempo no era el mero desplazamiento al trabajo, sino una forma de mantener una cierta actividad física, y más concretamente orientada a hacer algo de bici entre semana, sin tener que esperar al fin de semana para entrenar. Una vez que hube asimilado el desplazamiento en bici y tren como algo normal, di un paso más y me llevé algo de equipamiento (casco, que no suelo usar cuando sólo pedaleo por ciudad, ropa de ciclismo para ir más cómodo, zapatillas, etc..), para hacer todo el trayecto de vuelta a casa en bicicleta, prescindiendo del tren.

La cosa no era nada sencilla, en una zona periférica pero masificada, dominada por grandes autopistas, cotos cerrados al tránsito como el Palacio de la Zarzuela y millonarias macrourbanizaciones cerradas por grandes vallas. Circular en bici por la A-6 era una empresa bastante arriesgada y lo quise evitar a toda costa. Después de varias rutas experimentales, conseguí encontrar la mejor forma de enlazar los pueblos de Las Rozas, Majadahonda y Aravaca por calles razonablemente ciclables, para entrar en Madrid por la Casa de Campo. Una vez depurada la ruta, vengo realizándola bastantes días, al menos uno o dos a la semana. Me supone un desplazamiento de unos 90 minutos (es decir, sólo "gasto" 45 minutos más que en coche, pero los invierto en entrenamiento), lo cual me permite mantenerme en forma y me sale muy, pero que muy barato.


Este es el resultado:

  

Estos son algunos de mis tracks en Endomondo (sólo de los días que enciendo el teléfono móvil para registrarlo):


Como suelen decir en mi empresa, la adversidad crea nuevas oportunidades, y en mi caso el hecho de desplazarme en bici es un aliciente más, con el que voy más motivado al trabajo.

¿Y tú, no lo has pensado?



miércoles, 26 de octubre de 2011

Viaje finalizado

Con pequeños cambios sobre la planificación inicial, hemos podido cumplir nuestro plan de una manera bastante razonable. Han sido más de 5700 metros de desnivel acumulado en unos 520 kilómetros en total.


Siete etapas de un otoño suave, en las que hemos disfrutado como niños de la libertad que da el cicloturismo auténtico, pernoctando en los albergues del camino, conversando con otros caminantes y ciclistas, compartiendo ruta con todo tipo de personas y aprendiendo mucho de cada uno.

Y como no es lo mismo contarlo que vivirlo, en lugar de escribir una larga crónica, hemos querido reflejar nuestra experiencia en este [largo] vídeo...

viernes, 14 de octubre de 2011

Buscando el silencio. El Camino de Santiago por la Vía de la Plata

Más allá de manoseados titulares, como "Viaje interior", lo que nos proponemos iniciar mañana mi amigo Fernando y yo, es algo que no sabemos definir muy bien, pero de repente ha surgido como una necesidad imperiosa y se han dado las circunstancias propicias para ello, así que nos hemos lanzado a la aventura.

Apenas hace unas semanas, Fernando me propuso hacer el camino de Santiago empezando por la Vía de la Plata en Salamanca. La idea era hacer 6 ó 7 etapas parando en albergues. Parecía que estaba de broma, pero me lo contó con tanta seguridad que me contagió el entusiasmo por la aventura, arreglé unos asuntillos pendientes y le dije que contara conmigo.

Nunca he hecho una ruta en bici de varios días. Tengo los medios más o menos preparados, buena bici y un entrenamiento decente para soportar el camino, pero creo que vamos a hacer unos 500 kilómetros en total y eso no es ninguna tontería. Así, de repente, me voy a convertir en peregrino. Quién lo diría...





Después de leer algunas ideas sobre el camino y asistir a la charla que dan los Amigos del Camino de Santiago en el Centro Gallego de Madrid, nos hemos hecho una idea aproximada de cómo debe ser la aventura. Hemos decidido cumplir a rajatabla estos cinco mandamientos (como son cinco, será un "pentálogo"):
  1. Llevar poco equipaje. Más vale llevar un hueco donde meter algo o comprar lo que se necesite que arrepentirse toda la ruta por tener que arrastrar cosas innecesarias.
  2. Tranquilidad, las cosas tienen importancia relativa. Si no nos gusta el sitio donde pensábamos parar, seguimos hasta el siguiente. Comer donde nos dé habre. Dormir donde nos dé sueño. El teléfono, apagado el máximo tiempo posible.
  3. Buen humor. Vamos a tomarnos las cosas como vengan. Enfadarse por algo sólo contribuye a crear más tensión, no a resolver los problemas.
  4. Respeto. Cada persona ha de tener su espacio, todas las opiniones son válidas y en cada una de las decisiones hay que considerar al otro.
  5. Los sentidos, bien abiertos. No hay que dejar escapar ni una luz, ni un sonido, ni un olor. Percibir todo lo que nos rodea y disfrutar del momento. Compartir las sensaciones con los otros peregrinos. Sólo así alcanzaremos a entender el sentido de este viaje.

Las fechas seleccionadas son entre el 15 y el 21 de Octubre. Después de un largo e inacabable verano, parece que hemos elegido la semana de transición, en la que acabará el calor y la sequía, y comenzarán las lluvias. Pillaremos un poco de todo, es lo que toca en esta ruta. El camino de Santiago sin lluvia seguramente no sería lo mismo. Sufriremos, pero bueno, para eso están nuestros "mandamientos". En momentos de flaqueza habrá que releer nuestro "pentálogo" y seguir adelante.

Realmente vamos con la mente abierta, no sabemos muy bien qué es lo que nos motiva, creemos que cuando lleguemos a Santiago lo habremos entendido, aunque no sé si sabremos explicarlo.

Este es el desglose previo de la ruta, aunque sólo es un esquema que nos sentiremos libres de modificar en cualquier momento:



ETAPA 1: SALAMANCA - ZAMORA (67 kms) - Día 15/10 (Sábado)




ETAPA 2: ZAMORA - ALIJA (89 kms) - Día 16/10 (Domingo)




ETAPA 3: ALIJA – RABANAL DEL CAMINO (69,4 kms) - Día 17/10 (Lunes)




ETAPA 4: RABANAL DEL CAMINO – VILLAFRANCA DEL BIERZO - 57 kms - Día 18/10 (Martes)




ETAPA 5: VILLAFRANCA DEL BIERZO – SARRIA - 78,9 kms - Día 19/10 (Miércoles)




ETAPA 6: SARRIA – ARZUA - 77,3 kms - Día 20/10 (Jueves)




ETAPA 7: ARZUA – SANTIAGO - 39 kms - Día 21/10 (Viernes)




No sé si podremos ir actualizando algo durante la ruta, posiblemente haremos algo a través de Twitter (http://twitter.com/#!/jj99211 @jj99211), pero no es seguro. A la vuelta contaré mis impresiones...

jueves, 29 de septiembre de 2011

IX Ascenso a la Pandera 25/09/2011


Después de nueve ediciones, el Ascenso a la Pandera parece que está encontrando su sitio y fecha. Poco a poco ha crecido el número de participantes en esta prueba cicloturista, que incomprensiblemente, hasta ahora contaba con demasiada poca afluencia. No sé si por la excesiva dureza de las rampas, o porque la prueba solía ser demasiado corta en distancia para los entrenamientos de los ciclistas medios, el caso es que a duras penas se alcanzaba el centenar de participantes.

Este año también había pocos ciclistas inscritos, pero el arreón final y las inscripciones de federados en el último momento hicieron que se alcanzara una cifra más razonable, seguramente alrededor de los 150 participantes. El trazado de esta edición era mucho más atractivo, por ser un recorrido circular que se acercaba a los 100 kms de distancia (los 70 kms de alguna edición anterior se habían quedado cortos).



El hecho de que la prueba no terminara en el alto de la Pandera, sino en el parque de Torredelcampo, con comida final a cargo de la Organización, era un aliciente nada despreciable, incluido en la pírrica cuota de inscripción, de 3 euros. Como se comentaba durante la comida, realmente se hacía menos gasto participando en la prueba que quedándose en casa.

La marcha fue controlada a una velocidad razonable todo el tiempo, dejando rienda suelta a los ciclistas para que subieran a su ritmo el tramo libre de 8'5 kms desde la A-6050 hasta la cumbre. Los árbitros tomaron tiempos para que los más competitivos pudieran satisfacer también sus impulsos y, aunque hubo diferencias notables, de más de 30 minutos entre el primero y el último, nadie se quejó.

En mi caso, tras un año bastante malo por la lesión, con evidente sobrepeso y baja forma, la cosa no fue tan mal. Disfruté durante toda la ruta de la compañía de muchos buenos amigos, sobre todo el bueno de Isidro Nieto, quien estuvo conmigo en las rampas más duras del ascenso, animándome continuamente y consiguiendo que sacara fuerzas extra, para terminar en un tiempo muy parecido al del año pasado, alrededor de los 50 minutos, que para alguien tan mal escalador como yo, no está mal. ¡Gracias, Isidro!



En definitiva, un sobresaliente para ADSUR como organizador, a los voluntarios de la peña motera Los Calenturas y a la organización técnica de la prueba, realizada por el club deportivo Veycris.

Espero que se establezca ya definitivamente en este hueco del calendario y que en próximas ediciones pueda crecer en participación y en fama. Desde luego, la cumbre de la Pandera bien vale una marcha cicloturista de calidad.

Se puede ver toda la galería de fotos en Picasa:






jueves, 25 de agosto de 2011

El Dessafio, la historia de un sueño.

Hace cinco años no podíamos ni imaginarlo. Ni siquiera nos conocíamos muchos de nosotros.

En mi cabeza pululaba una idea que sólo me atrevía a comentar con personas de confianza, pero todos la consideraban un sueño utópico por irrealizable. La afición por el ciclismo en un pueblo como el mío era, sencillamente, inexistente. Sólo algunos domingos de verano, cuando venía de vacaciones por aquí, nos reuníamos algunos ciclistas en el parque para hacer rutas de 40 ó 50 kilómetros, principalmente por carreteras secundarias y caminos asfaltados, muy poco transitados, y así fuimos descubriendo poco a poco los secretos de la Sierra Sur de Jaén.

Una de nuestras rutas preferidas siempre era la bellísima circular formada por el puerto de Locubín y el de la Martina, por esa pintoresca carretera de montaña que nos lleva a Frailes, pasando por parajes como la "Chorrera del Hoyo", los "Llanos del Angel" y la "Fuente del Raso", todo ello aderezado con la maravillosa vista de Valdepeñas de Jaén al pie de la Sierra de la Pandera, las cumbres de Sierra Nevada desde la bajada a Frailes o la Fortaleza de la Mota cuando nos acercamos a Alcalá la Real. Y como broche final, el espectacular valle del río San Juan, presidido por mi pueblo, Castillo de Locubín, desde donde se pueden realizar varias rutas ciclistas de gran belleza.



El hecho de que mi vida habitual discurra a 400 kilómetros de mi pueblo quizá me ha llevado a ensalzar aún más las virtudes de los paisajes y las sensaciones de mi tierra natal.

Aunque empecé a andar en bicicleta de carretera a los 19 años, en 1989, no llegué a tomármelo como un deporte hasta mucho más tarde, cuando me dio por participar en marchas cicloturistas, pasados los 30 años de edad. Desde entonces el ciclismo adquirió una dimensión nueva y se metió hasta la médula en mi forma de pensar y de sentir. En 2005 escribí un artículo, para mí histórico, en el que resumí lo que significaba para mí el ciclismo en aquel momento. El recorrido circular del puerto de Locubín  me servía de buena excusa para ello:
Seguía recorriendo el círculo una y mil veces. Siempre que viajaba a mi pueblo me perdía en bicicleta por los caminos y carreteras de la comarca, descubriendo sensaciones siempre nuevas. Cada vez que volvía de Alcalá por el puerto del Castillo miraba extasiado a la derecha, hacia el Este, más allá de la torre árabe de la Nava y justo debajo de la silueta de Sierra Nevada, donde se alineaba la barrera montañosa de la Sierra Sur, una maraña impenetrable de montañas de 1500 a 1800 metros de altitud, sin carreteras asfaltadas que las transitaran.

Los receptores de GPS no estaban generalizados. Mi afición a escudriñar viejos mapas topográficos del IGN o del ejército, escasamente actualizados desde tiempos de Franco, me llevaba a comparar los nombres de los valles, las umbrías, los collados y las cimas entre unos mapas y otros, y a soñar cómo poder llegar hasta esos lugares. Una excursión de un día no era suficiente para poder adentrarse en semejante terreno inexplorado.


En mi cerebro martilleaba el sonido de una canción...
...
Abrázate a los vientos
y cabalga los montes,
que no acabe el paisaje
con el horizonte
...
("Para Vivir", Joan Manuel Serrat)

Pero todavía era sólo un principiante.

Hace cinco años, decía, no podíamos ni imaginarlo. Hace cinco años, decía, ni siquiera nos conocíamos la mayoría de nosotros.

Desde 2003 me dedicaba a recopilar información de rutas de mi comarca en una rudimentaria página web, donde subía mis fotos y los perfiles, hechos a mano al principio, y posteriormente con un ciclocomputador Ciclomaster que compré por internet. Pero me faltaban muchas rutas por conocer, sobre todo las de montaña, ya que yo era más aficionado a la bicicleta de carretera. Un día, uno de los lectores, Manuel Berrio, comentó en el foro que había realizado la ruta de Jaén hasta el Paredón, volviendo por Valdepeñas de Jaén, y me metió la curiosidad en el cuerpo.

Un día de verano de 2006 tomé una determinación. Había llegado el momento de intentarlo. Preparé mi bicicleta de montaña, por entonces una flamante Cannondale F600, organicé los bártulos necesarios: mochila, comida, mapas (de papel), herramientas y repuestos, cámara de fotos, agua... y comencé una serie de excursiones para conocer el interior de la sierra. El primer impacto me lo llevé cuando descubrí la zona de Carboneros, subiendo desde Valdepeñas de Jaén y penetré en la finca de la Solana - Los Morales. A pocos cientos de metros de la gran puerta metálica, que cerré a mi paso, me topé con un inmenso venado, que me miraba fijamente a escasos veinte metros de distancia. Uno de los momentos más impactantes de mi vida, que no he vuelto a revivir desde aquella fecha.  Saqué la cámara de la mochila mientras se alejaba. Cada vez estaba más lejos, pero aún pude sacar una foto cuando se giró para mirarme de nuevo en la distancia. En esa misma ruta vi decenas de ciervas bebiendo en el arroyo de Cabañeros o corriendo por las colinas cercanas, y algunos muflones asomados desde las rocas de la Cornicabra. Fue una jornada histórica, cuando regresaba a mi pueblo por el puerto de Locubín no podía creerme lo que había visto, a una distancia relativamente cercana. Esto me animó a buscar más aventuras, siempre con el objetivo de volver a casa a mediodía, por lo que no debían extenderse más allá de las siete horas.

El gran reto llegó pocos días después. Sabía que podía llegar a la zona de Carboneros por el lado contrario, desde la Sierra del Trigo, que sólo conocía a través de referencias. También en los mapas se podía ver un larguísimo valle, que me permitiría conectar la parte norte de la Sierra, en la zona de Valdepeñas, con la parte Sureste, en la zona de Noalejo y Frailes. No sabía qué distancia recorría exactamente el valle, ni qué tipo de caminos me encontraría. También sabía que, una vez tomara la decisión de bajar desde el puerto de las Coberteras y el embalse del Quiebrajano, me encontraría al otro lado de las montañas, lo que significaba que el regreso no iba a ser fácil. Como mínimo, tendría que subir otro gran puerto para franquear los aerogeneradores de la Sierra del Trigo y volver a terreno familiar. Pero me encontraba en buena forma física.

A las 7 de la mañana inicié la aventura. Para darle un poco más de épica, en lugar de tomar la carretera, me dirigí a Valdepeñas por el camino de tierra de Chircales. Era temprano y tenía ganas. Reposté agua en una fuente donde intercambié breves palabras con un señor mayor, al que pregunté si conocía la bajada de Coberteras hacia Puerto Pitillos y el valle del Valdearazo; cuando supo mi intención de seguir hacia el sur por el valle, se me quedó mirando con escepticismo. Disfruté de las vistas del embalse de Quiebrajano, como siempre, con su característico color azul turquesa y comencé a bajar por puerto Pitillos. La suerte estaba echada. No había cobertura para teléfono móvil. Al fondo se veía una bonita alameda. Las laderas de las altas montañas de alrededor tenían un fuerte color verde oscuro, repletas de encinas, quejigos y otras especies vegetales, típicamente mediterráneas. A mi izquierda unas peculiares formaciones rocosas verticales me llamaban la atención. Años más tarde supe que eran conocidas como "Los Caballos de Ajedrez", debido a las caprichosas formas que han ido adquiriendo con la erosión.

Al final de la bajada, después de pasar un pinar y una alameda, me encontré en el cruce de caminos de Cortijo Prados. Dudé qué camino tomar, pero vi a un agente forestal, quien me confirmó que la pista me llevaría hasta la Sierra del Trigo, aunque me dijo que la subida era muy fuerte. Con algo de temor a lo desconocido, pero al mismo tiempo sintiéndome en buena forma física, comencé a circular por el valle del Valdearazo por primera vez en mi vida. Descubrí sitios que ahora se han hecho tan familiares, como el Cortijo Prados o la "fábrica de la luz" de Noalejo, una antigua estación hidroeléctrica, actualmente abandonada. Comencé la subida desde los cortijos de Alamillos por la revirada pista que tan bien conocemos ahora, y vi por primera vez en mi vida la inmensa panorámica del valle desde el puerto de los Alamillos. Sólo esa fotografía valía por sí misma todo el viaje. Llegué sorprendentemente entero a la carretera de Noalejo, donde giré a la derecha, rumbo al Paredón, la montaña más significativa de la Sierra del Trigo, con su típica formación de aerogeneradores alineados a lo largo de la arista.

Las cosas estaban saliendo según lo planeado. Los mapas de papel no me habían fallado, y ya me encontraba en terreno conocido. En lugar de volver a mi pueblo a través de Los Rosales y Frailes, como iba bien de tiempo, decidí girar por el puerto Pinatero y así enlazar la otra pista que desconocía en aquel tiempo, y que me llevaría directamente hasta la zona de Carboneros. Era la una de la tarde y el sol ya pegaba con mucha fuerza. Justo antes de llegar al collado de Carboneros me encontré con un perro de aspecto agresivo, atado en el camino con una cadena que le permitía gran movilidad. Volver atrás en ese punto era inviable. Tenía el tiempo justo para volver a casa y tenía que pasar por allí. Con más miedo que vergüenza desmonté y pasé caminando, explicándole al perro que yo era un simple transeúnte, que sólo pasaba por allí... ufff... al final alcancé el collado y llegué de nuevo al terreno conocido de Valdepeñas, desde donde volví a casa a punto para la comida. Fueron 100 kilómetros de ruta por montaña. Ese día en mi interior se despertó una ilusión. Había conseguido encontrar la conexión entre los caminos del norte y el sur de nuestra sierra; había visto paisajes y lugares que muy pocos de mis paisanos conocían, pese a estar a una distancia relativamente cercana. Empecé a imaginarme cómo podría ser una gran marcha cicloturista por aquel recorrido de montaña... y soñé.

Pero, como decía, hace cinco años ni siquiera nos conocíamos.

En 2007, combinando mi afición al ciclismo con la informática y la estadística, actualicé mi página web con todos los datos que había ido recopilando, y se me ocurrió lanzar una propuesta al vuelo: la de organizar una quedada informal el segundo sábado o domingo de octubre, para hacer el recorrido circular completo. La llamé "Travesía de la Sierra Sur", un título nada original pero muy descriptivo. Lancé la propuesta en la web y esperé respuestas. Al principio sólo me respondieron algunos amigos incondicionales de Alcalá y Castillo, con los que compartía rutas frecuentemente, como Rafa Ruiz, Lizana e Isidro Nieto.

No me atrevía hacer la propuesta públicamente, aparte de nuestro foro en la web, puesto que no se trataría de una marcha ciclista con garantías, sino de una excursión en grupo, con los inconvenientes que pudieran surgir (averías, accidentes, desfallecimientos, etc...). Por entonces acabábamos de crear el club Ciclocubín y sabía que podía contar con algunos paisanos, más los que leyeran la propuesta y quisieran venir.

En un viaje de mi empresa, estando de tránsito en el aeropuerto de Nueva York, sonó mi teléfono móvil. Una voz ilusionada, hablando a toda velocidad al otro lado de la línea, se me presentó diciendo algo así como: "Soy Jaime, de la Peña Ciclista Alcalaína, tú no me conoces pero tengo que hablar contigo porque tu propuesta es extraordinaria, tenemos que juntar un grupo grande de gente y que esto sea noticia. ¿Puedes hablar mañana en la radio?". En todos estos años, Jaime ha seguido siendo el mismo loco impulsivo que pone las pilas a la gente, que empuja para que todo el mundo se implique y contagia la ilusión. Sin duda, lo que vino después no hubiera sido posible sin ese chorro de aire fresco que nos transmitió.

El fin de semana del 14 de Octubre fue uno de los más felices de mi vida. Mucha gente se había ido uniendo a la propuesta por internet. Pero para mí hubo otro momento especialmente intenso en la víspera. El sábado 13 de Octubre celebramos la fiesta de cumpleaños de mi abuela Ana, quien llegó a su primer siglo de vida. Cien años llenos de humanidad y trabajo, siendo un ejemplo de esfuerzo, coraje e inteligencia como pocos. Mi abuela era una persona muy admirada, el verdadero espíritu de mi familia paterna. Todos sus hijos, nietos y biznietos (unas 50 personas en total) nos dimos cita en Castillo de Locubín ese día para celebrarlo de una forma muy especial. Fue una tarde muy emotiva. Aunque se encontraba en bastante buena salud y llegó por su propio pie al acto familiar, a las pocas semanas empezó a sufrir una enfermedad pulmonar. Nos dejó apenas un mes después. 

El Dessafio, para mí, tiene un doble significado; no puedo evitar recordarla a ella cada vez que paso por las curvas sobre el río Valdearazo y cada una de las veces que he subido al escenario para la entrega de premios del Dessafio. En el fondo de mi corazón, cada uno de los Dessafios que hemos celebrado hasta ahora se lo he dedicado a mi abuela. Sé que, de alguna forma, ella es una de las grandes impulsoras de nuestro proyecto, como si se hubiera marchado justo para reencarnarse en nuestra prueba, nacida pocos meses después...

El día 14 de Octubre de 2007 nos reunimos veinticinco ciclistas de diversas procedencias, incluyendo algunos de Madrid, Granada, Cabra, Málaga y otros sitios, para realizar la gran ruta de reconocimiento.

La crónica de aquel día puede leerse aquí:

Aquel día nos conocimos y nos pusimos cara, puesto que muchos de nosotros sólo hablábamos a través de los foros o los correos electrónicos. A pesar de varios incidentes mecánicos, fue un día redondo de ciclismo y compañerismo.

Terminamos comiendo juntos en el parque municipal de Castillo de Locubín, en medio de una cascada de ideas y de sueños. Nos imaginábamos cómo sería aquel recorrido para una prueba ciclista de montaña, con su organización, sus avituallamientos, etc...

Mi amigo Isidro Nieto, un corazón jovencísimo de casi 50 años de edad física, pronunció una frase mítica: "Sólo se cumplen los sueños de quien los tiene", y nos lanzamos a la aventura. 

Preparamos una serie de presentaciones, vídeos, planos y fotos. Hicimos un derroche de ilusión para contagiar a los concejales y alcaldes de la comarca. No fue fácil convencer a las instituciones de que el proyecto era viable. Una tarde de invierno de 2008 (un sábado, aprovechando que el ayuntamiento estaba teóricamente cerrado y tendríamos tiempo para explicar el proyecto con tranquilidad) nos reunimos con el alcalde de Castillo de Locubín, José Justo Alvarez. Le presentamos el vídeo y nos dio la clave. Había que implicar a la Diputación de Jaén. Así fue como nos ayudó a hacer llegar el proyecto a la entonces Diputada de Deportes de Jaén, María Angustias Velasco, una persona de actividad desbordante, que contagia ilusión por todo lo que hace. Creemos que el proyecto le encantó, porque la Diputación nos mostró todo el apoyo que necesitábamos para encender la mecha. Era un proyecto que trascendía lo meramente deportivo para convertirse en un evento turístico y cultural, agrupando a cuatro pueblos de la provincia. Su repercusión podría suponer un gran apoyo para el atractivo turístico de nuestra comarca. Las características del proyecto, su dimensión al abarcar un recorrido de 100 kilómetros por el interior de la sierra, y la idea de que la salida y meta se alternara de forma rotatoria entre los cuatro pueblos, eran alicientes que ayudaban mucho a conseguir la implicación de las instituciones. Superamos no pocas dificultades y organizamos la prueba lo mejor que supimos, con ilusión pero con una gran inexperiencia. Recurrimos a la ayuda de un veterano del ciclismo jiennense, Juan Manuel Cano, quien nos ayudó con todas las tareas administrativas, especialmente la burocracia para las instituciones y la Federación Andaluza de Ciclismo.

Remigio Olmo asumió el liderazgo de la organización y la coordinación logística desde su sede en Castillo de Locubín, en un papel crucial para que las cosas salieran como debían. Jaime Javier Castillo aportó su trabajo y el de la Peña Ciclista Alcalaína, y otros 20 amigos de la Peña y de Ciclocubín formaron parte de la Organización, cuidando todos los aspectos de la prueba, casi todos ellos anónimamente, pero sin cuyo trabajo nada podría haber salido adelante.

Cuando teníamos diseñadas las bases de lo que sería el primer Dessafio, un pequeño traspiés nos hizo ponernos alertas ante la envergadura de lo que íbamos a afrontar. El 20 de Marzo de 2008 quisimos hacer un ensayo oficial. Era Jueves Santo y pensamos que mucha gente se apuntaría aprovechando las vacaciones, aunque la climatología no era buena, porque se preveían lluvias casi todos los días. Convocamos por internet a los amigos de clubes ciclistas cercanos para que vinieran a Castillo de Locubín, con la intención de realizar el recorrido completo del Dessafio. La previsión meteorológica para la mañana del Jueves no preveía lluvia, pero el terreno estaba muy húmedo por las lluvias de días pasados. Nos presentamos provistos de chubasqueros, y con la misma moral de siempre iniciamos el recorrido. Esta iba a ser la primera vez que un grupo de ciclistas iba a completar el circuito diseñado originalmente para el Dessafio, que posteriormente sufriría dos pequeñas modificaciones hasta configurar el trazado actual. En la primera edición del Dessafio no se contemplaba el paso por los Llanos de Alcalá ni por la zona conocida como "Los Cortijos".

Coronamos el puerto de Chircales con sol, aunque en el horizonte se observaban nubes oscuras sobre las sierras de Valdepeñas. No podíamos imaginarnos lo que nos esperaba un par de horas más tarde. Nada más llegar al valle del Valdearazo, al cruzar el puente para llegar a Cortijo Prados, la pista de tierra se convirtió en una superficie pastosa y pegajosa, que dificultaba mucho la marcha. Ya no podíamos volver atrás. Descansamos en Cortijo Prados dispuestos a seguir la ruta, pero el camino tenía cada vez más barro, que nos impedía avanzar. Comenzó a llover. Ni siquiera podíamos empujar las bicis, porque el barro se acumulaba de tal forma que el roce con las horquillas las dejaba bloqueadas. Tuvimos que desmontar y recorrer a pie unos seis agónicos kilómetros hasta llegar al puerto de Alamillos, con las bicicletas al hombro. A las seis de la tarde conseguimos alcanzar un punto con cobertura telefónica, para avisar al menos a las familias de las circunstancias que nos habíamos encontrado. La sierra es traicionera y ese día nos mostró su peor cara. Ha quedado grabado en nuestras memorias como "el Dessafio del Barro".

El día 4 de Octubre de 2008, más de 200 voluntarios de diferentes asociaciones de la comarca y 500 ciclistas (decicimos limitar la participación por seguridad) hicieron historia en el primer Dessafio de la Sierra Sur, saliendo de Castillo de Locubín.


Isidro Nieto plasmó su experiencia como participante en la prueba en una bonita crónica.

Después vinieron Alcalá la Real, en 2009, con pequeños cambios para mejorar el recorrido y un incremento en el límite de participantes, y Valdepeñas de Jaén, en 2010, donde alcanzamos la madurez como organización, cosechando grandes elogios, tanto de los participantes como de las instituciones, patrocinadores y la prensa. Conseguimos gran repercusión pese a nuestra política de no pagar dinero a ningún medio de comunicación para que publicaran artículos sobre nuestra prueba  ni pagar el caché de ciclistas famosos para que participaran (una costumbre muy común en este mundillo).

La cantidad de cosas que han pasado en estos años me han hecho crecer mucho como persona y aprender muchísimo más de la vida, de pequeños sinsabores y de grandes satisfacciones. Cuando veo las carreteras y caminos de nuestra comarca en la actualidad, plagados de ciclistas de todas las edades, incluso niños y jubilados, creo que todo este trabajo ha merecido la pena. Uno de nuestros grandes objetivos, que era la promoción del deporte del ciclismo en nuestra comarca, ya está conseguido, convirtiéndose en un fenómeno imparable.

El 8 de Octubre de 2011 se celebra el cuarto Dessafio, esta vez con salida y llegada en Frailes. Se cierra el círculo del proyecto original, después de un largo periplo. Un año más, la organización de la prueba no está siendo nada fácil, pero a estas alturas, a falta de 45 días para el evento, ya tenemos perfilados los detalles más importantes. Un año más nos enfrentamos a un nuevo reto en el que no nos faltarán problemas que resolver, carreras de última hora, alguna discusión con proveedores y alguna traba administrativa. Pero seguro que también vendrán los correos de ánimo de los participantes, las caras de felicidad de los que llegan a meta, las palabras de aliento de los voluntarios y muchas cosas más por las que merece la pena trabajar.

He dedicado al Dessafio los momentos más intensos de estos últimos cinco años de vida. Ha sido inevitable robar mucho tiempo a mi familia para poder sacar adelante este proyecto personal y colectivo. He sufrido situaciones de estrés y responsabilidad muy poco gratas, y también he vivido, a nivel personal, grandes decepciones. Hablo en primera persona, pero cualquiera de los miembros de la organización podría suscribir estas mismas palabras.


Aunque las críticas recibidas de participantes y prensa han sido muy positivas en general, cada una de las pequeñas frustraciones vividas, por poco importante que sea, se convierte en una espina clavada, que nos lleva siempre a ver cuán lejos estamos de la perfección. Sin embargo, pese a todo, hemos visto realizado nuestro sueño, y por ello estoy feliz.


El mapa topográfico del Dessafio 2011 permite reconocer todos los lugares que menciono en este artículo: (más información en http://dessafio.org)




Every man dies; not every man really lives (William Wallace)